La semana pasada me compré una camiseta en internet. Estaba tardando más de lo normal, pero viniendo de Estados Unidos y siendo verano, tampoco es excepcional.
Esta tarde cuando he llegado a casa he visto la típica bolsa de plástico de la tienda y… un momento… está fuera del buzón. De hecho está en la papelera… ¡y abierta!
Por supuesto, ni rastro de la camiseta. Por un lado tengo a un cartero que no ha hecho bien su trabajo y ha dejado un paquete jugoso encima de lo buzones por no rellenar un papel en el que sólo tiene que escribir la fecha –en realidad deberían escribir mucho más, pero normalmente con eso les sobra–; y por otro tengo un vecino ladrón, que además ha dejado el sobre abierto con todos los datos en la papelera que hay al lado de los buzones, por donde pasan todos y cada uno de los vecinos. En definitiva, un par de personas tan inteligentes como vagas.
Así que he subido a casa con el sobre, bastante cabreado. Son menos de veinte euros, pero que me roben mis propios vecinos no tiene nombre.
He cogido un folio y he escrito lo siguiente:
Estimado vecino ladrón de correspondencia:
Pensaba que en este edificio éramos todos de fiar, pero ya no lo tengo tan claro.
Le ruego me devuelva lo que es mío, por lo que he pagado, y que mi sobrino espera con ilusión.
Sabe dónde vivo, sólo tiene que dejarlo en la puerta.
He bajado a la entrada y lo he pegado delante del ascensor, al lado de los buzones.
Por la tarde alguien había escrito en el papel “PÁSATE POR PORTERÍA”. Cuando me he pasado, la encargada me ha contado que su marido se había encontrado el cartel cuando ha llegado a casa y, al salir a los 20 minutos, la camiseta estaba doblada encima de los buzones. La ha guardado por si el ladrón se arrepentía o por si aparecía otro.
En fin, al menos a veces quedan restos de conciencia en la gente.