lunes 27 de abril de 2009

Divagaciones

El tiempo me vuelve loco.
También que sólo llueva los días que uno puede salir al campo y me deslumbren luces anaranjadas cuando llego a casa y me dejo relajar en el balcón de casa, viendo a la gente luchando por unos metros cuadrados.
Pero esta vez no hablo de ese tiempo, sino del que unas veces pasa como una exhalación y, otras, como una película a cámara lenta en la que te ves a ti mismo a través de una lente, con el encuadre y la luz precisas. En ocasiones incluso se entremezclan y provocan una suerte de tirones y frenazos que descolocan, que me descolocan.
Algunas veces hablo demasiado, y no puedo parar. Y mientras hablo mi cerebro de dice que pare, que la otra persona se aburre, pero el tema en cuestión me apasiona tanto que es inevitable. Intento frenar, detenerme en seco, pero no puedo sujetar mi lengua y la verborrea no para. Otras veces escucho con tanta atención lo que me cuentan que me quedo absorto, sin poder articular palabras mientras proceso toda la información que me están transmitiendo, no necesariamente con palabras, quizá con caricias, miradas, o moviendo la mano un centímetro más a la izquierda de lo esperado.
El tiempo es rápido o lento según la situación, y eso incluye a la gente enamorada que no pasa del contacto de las manos y los abrazos, aunque ambos lo deseen, aunque ese pensamiento inunde su cabeza hasta dejar sus neuronas temporalmente inservibles. Y lo que desde fuera parece tan claro, desde dentro puede que no lo esté tanto, quizá cegado por el amor, quizá por el miedo.
Ojalá fuera más fácil, ojalá la otra persona diera más pistas, en una dirección o en otra. Puede haber flechas luminosas que te indiquen el camino correcto y no te fíes, o puede haber senderos que se entrecruzan y que incluso a veces desaparecen. Es cuando uno no sabe qué debe hacer, cómo comportarse, qué camino seguir. ¿Y si te equivocas? ¿Y si las flechas luminosas son una trampa para saber si vas por el primer camino que te encuentras? ¿Y si las flechas luminosas existen porque estás ciego y no puedes ver otra cosa? ¿Y si…? Al final hay que coger algún camino, no se puede estar eternamente parado en la bifurcación.
Desde la butaca de espectador es fácil decir al protagonista “¡pero qué haces ahí parado, coge el camino de la derecha!” Pero cuando el protagonista te invita a entrar dentro de la pantalla y experimentar algo parecido a lo que recorre su cuerpo y la decisión que tiene delante, o incluso eres tú mismo el protagonista, la decisión se complica y no es tan clara. Y entonces el tiempo casi se detiene, y te callas porque empiezas a comprender lo que conlleva equivocarse de camino.
Al final no importa lo que se tarde en recorrerlo, siempre que no se pierda de vista el destino y se llegue a salvo.
Al final siempre habrá alguien que nos cure las heridas que hayamos sufrido.

PD: Esta entrada es muy extraña, inspirada por algo que acabo de leer y situaciones peculiares que he vivido este fin de semana. Si quieres, lo puedes borrar tranquilamente de tu mente. ^_^