Sábado, 4 de octubre
Ya dije ayer que se nos ocurrió un plan muchísimo mejor que ir a Kanazawa, donde ya teníamos pagado el alojamiento. El día anterior llamamos a Shigeru para que nos consiguiera alojamiento en Sendai, la ciudad donde él vive. Y nos lo consiguió: en su casa.
Así que para allá nos fuimos, a la otra punta de Japón. Primero dos horas y media hasta Tokyo, y de allí en otro Shinkansen hasta Sendai, adonde llegamos sobre la una y media. En tokyo dejamos las maletas en una taquilla para recogerlas al día siguiente.
Shigeru nos recogió allí y nos llevó en coche hasta Matushima, uno de los tres Nihon Sankei (Tres Grandes Sitios de Japón) junto con Itsukushima, al lado de Hiroshima.
Es un grupo de unas 260 islas cubiertas de pinos en la costa de Sendai.
Aunque llegamos al atardecer y no había mucha luz, el lugar era precioso.
A continuación fuimos al templo Zuigan-ji, que se encuentra enfrente de las islas.
A la vuelta, sobre las 6 de la tarde, paramos para comer en un restaurante de una zona comercial, parecido a los restaurantes que hay cerca de las tiendas de Ikea, Media Markt, etc. Y después fuimos a una tienda de libros de segunda mano. Por supuesto para nosotros lo interesante eran los mangas.
Cuando llegamos a la plaza de aparcamiento del padre de Shigeru flipamos
Para sacar el coche de arriba, había que hablar con el dueño del de abajo para que lo moviera. Nosotros no lo vimos claro en ningún momento, y a Shigeru no le entraba en la cabeza que no nos gustara la idea. En fin, será porque no estamos acostumbrados a verlas ni tan faltos de espacio como ellos.
A partir de aquí, no hay ni una sola foto de la noche, porque no he sido capaz de conseguirlas. Se las he pedido a Shigeru mil veces, pero no las tiene y no sabe quién las podría tener.
Desde aquí nos fuimos en metro hasta la zona de marcha, donde Shigeru había quedado con un montón de amigos de muchos países para celebrar su cumpleaños.
Fuimos a un izakaya a disfrutar de un maravilloso nomihodai. Así escrito os sonará muy raro, pero básicamente es el típico bar japonés con las mesas de madera y tal, y una barra libre de bebida durante un tiempo limitado.
A mí no me gustan las bebidas fuertes, así que al principio me pedí una cerveza. Cuando estaba hablando con la gente –con los que hablaban inglés y chapurreando japonés–, apareció una camarera con una bandeja llena de bebidas. Cuando las repartió, en la bandeja se quedó una copa de vino que nadie había pedido. ¡Vino! Así que lo vi claro, la cogí yo y le dije a la camarera que me trajera una Coca-Cola. Así hice mi primer kalimotxo en Japón (y creo que en el extranjero), y muchos más después, muchos.
Cuando salimos de allí, ya muy tarde, hacía mucho frío, y no encontramos ningún lugar al que ir, así que estuvimos deambulando por ahí. Conocí a un negro de dos por dos que me daba miedo y con el que choqué el puño “de buen rollo”, y que estaba rodeado por dos japonesitas con un pantaloncito mínimo y una tira horizontal que les tapaba exclusivamente los pezones –en serio, sólo eso–. Todo el mundo alucinó, porque además estábamos pasando bastante frío.
De allí fuimos a otro bar, pero al final nos cogimos un taxi y nos fuimos a casa a dormir.












1 comments:
Ey! El tema del aparcamiento del padre no era exactamente así... porque sería un coñazo tener que avisar al de abajo cada vez que quieres sacar el coche... sobre todo porque era el aparcamiento del sitio de trabajo. Lo que pasa es que el dueño de la plaza de arriba tenía las llaves del coche del padre de Shigueru, y cuando quería sacar el suyo, sacaba el del padre, y luego lo volvía a aparcar...
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